La depresión explicada en primera persona

Escribe: Deni Figueroa

La primera vez que hablé abiertamente de mi depresión con mi familia fue un momento de mucha vulnerabilidad, me sentía juzgada, honestamente no sabía cómo iban a reaccionar. En ese momento sentí mucho miedo y creía que los había decepcionado, aunque sabía que no era mi culpa. Nadie elige padecer una enfermedad mental y, para mi suerte, yo padezco varias al mismo tiempo.

¿Cómo es que te diste cuenta de que tenías depresión?

La verdad llevo lidiando con la depresión desde que era adolescente, por mucho tiempo creí que había algo mal conmigo, pero no sabía exactamente qué. Yo siempre fui más retraída que el resto, introvertida, pues, y de una u otra forma creía que era normal o parte de mi personalidad. La verdad esa etapa fue muy conflictiva, mi relación con mis papás no era la mejor y eso fue empeorando todo. Incluso llegué a autolesionarme. Ahí fue cuando se encendieron los focos rojos y supe que lo que me pasaba no era normal, pero me daba miedo comentarlo con otras personas. No sabía cómo poner en palabras todo lo que sentía ni explicar los síntomas que presentaba.

¿Y cuáles eran esos síntomas?

Al inicio me sentía muy cansada, podía dormir unas catorce o dieciséis horas de corrido, lloraba casi todo el tiempo, pero toda esa tristeza la atribuía a las peleas con mis padres. Ahora me doy cuenta de que si hubiera hablado en ese momento quizá las cosas serían distintas. De hecho, le resté mucha importancia porque seguía siendo funcional, y así fue durante años, hasta que un día no pude más. Me rompí y comencé a tener ideas suicidas. Pero eso fue ya después. Básicamente, cuando me di cuenta de que ya estaba planeando mi suicidio fue que decidí buscar ayuda, estaba en el hoyo y quería salir. Ese episodio depresivo fue muy fuerte, en mi cabeza pasaban demasiadas cosas a la vez, comencé a aislarme porque salir a la calle implicaba tener un ataque de pánico o ansiedad al estar rodeada de tanta gente y dejé de disfrutar las cosas que hacía. Iba a la escuela por pura inercia, volví a sentirme cansada todo el tiempo, pero ya no podía dormir, tenía insomnio y casi no comía, en esa época bajé mucho de peso y la falta de sueño afectó mi capacidad de concentración, también regresaron mis impulsos autolesivos, pero nadie sospechaba nada.

¿Cómo viviste el proceso de solicitar ayuda profesional?

En pocas palabras, fue un proceso muy difícil. Había mucha resistencia de mi parte, sin embargo, comencé a ir a terapia aproximadamente hace dos años, la BUAP tiene un programa de acompañamiento para alumnos que brinda atención psicológica gratuita, ahí me diagnosticaron por primera vez y me canalizaron al IMSS. Al inicio todo parecía ir bien, me medicaron e iba a mis terapias una vez al mes, sin embargo, está tan saturado el servicio que las citas espaciadas no funcionan para pacientes como yo, con una depresión más fuerte. Además de que ese primer diagnóstico fue sólo una aproximación, entonces la medicación que me dieron no era la adecuada, aunque funcionó por un tiempo, pero después volví a empeorar.

Después de aproximadamente un año de estar tomando medicamentos psiquiátricos tuve una recaída, para este punto ya había abandonado mi acompañamiento psicológico porque no sentía que hubiera un avance, pero no era como si la psicóloga o los fármacos fueran a curarme mágicamente, es todo un proceso. De hecho, aún hoy hay días en los que me cuesta estar bien, pero ya son los menos. Durante esta recaída intenté suicidarme con una sobredosis de gotas para dormir, pero llevaba tanto tiempo tomándolas que mi cuerpo había desarrollado tolerancia, entonces únicamente me doparon. No llegué a urgencias esa noche, pero al comentarlo con mi médico general me envió de inmediato a psiquiatría y de ahí acabé internada en una clínica de salud mental, ahí estuve en observación y fue como pudieron obtener un diagnóstico más certero.

¿Cuál fue ese diagnóstico y cuál fue tu reacción cuando te lo dieron?

Bueno, en estos dos años fui diagnosticada tres veces, pero hasta ahorita el diagnóstico oficial es depresión doble, ansiedad y rasgos borderline o de Trastorno límite de personalidad. Básicamente, este diagnóstico implica que padezco dos enfermedades mentales aparentemente contradictorias, mi cuerpo puede estar muy agotado pero mi mente va a mil por hora, a esto súmale que tengo un carácter muy impulsivo.

Cuando me dieron este diagnóstico estaba sola en el consultorio del psiquiatra, leyendo mi expediente y llorando. Había pasado por tantas cosas y por fin tenía en palabras una forma de explicar todo lo que me sucedía. Al inicio leer todos esos términos que no comprendes es muy difícil, tienes que familiarizarte con estos para poder entender qué es lo que ocurre en tu cabeza. También estaba abrumada, tenía que enfrentar a mi familia y no estaba lista. El día que me internaron ni siquiera pude verlos ni explicarles todo lo que estaba pasando porque había decidido enfrentar todo ese proceso sola, y eso lo hizo más difícil. Había mucha culpa dentro de mí.

¿Cómo ha afectado tu diagnóstico tu relación con otras personas?

A mi círculo más cercano le ha costado comprender todo lo que implica, en especial a mis padres. Me apoyan mucho, en cuanto decidí abrirme y explicarles en qué consistía mi diagnóstico sentí que no estaba sola, pero aún no dimensionan del todo que las enfermedades mentales también son incapacitantes. En cuanto a mis amigos, creo que siempre han estado para apoyarme, en mis días malos intentan subirme los ánimos, entienden que no siempre tengo ganas o energía para salir, entonces buscan adaptarse. Hay días en los que me siento una carga para todos, o difícil de querer y pienso en cómo todo sería mejor si fuera una persona sana, pero es lo que me tocó, y ellos se encargan de tranquilizarme.

En cuanto a entablar nuevas relaciones, no me es complicado, pero tampoco voy por el mundo diciéndole a todos que tengo depresión. Aún hay mucha desinformación respecto al tema, entonces prefiero evitar los comentarios del tipo “Échale ganas” o que cuestionan mi decisión de estar medicada.

¿Cuál ha sido el comentario más hiriente que te han hecho respecto a tu depresión?

Esa es fácil. Una vez hablando con una persona a la que creía cercana me respondió que era egoísta de mi parte estar deprimida porque había gente con peores condiciones de vida que yo, como si yo hubiera elegido padecer esta enfermedad y no fuera producto de un desbalance en mis neurotransmisores. Eso me destrozó, en ese momento creí que tenía razón y que no tenía ningún motivo para sentirme así, tenía casa, estudios, una familia que me apoyaba y no me podía quejar de mi situación económica, entonces, ¿por qué estaba deprimida? Me costó mucho quitarme ese sentimiento de culpa. Hasta hoy, creo que es de los peores comentarios que le puedes hacer a alguien que padece una enfermedad mental.

Para mí lo más importante al momento de hablar de enfermedades mentales es hacerlo sin prejuicios y desde la empatía, para muchos de nosotros es una lucha diaria, y sí, los medicamentos ayudan, pero no lo son todo. El hecho de que más personas investiguen acerca de estos padecimientos puede hacer la diferencia, pero es importante no caer en la romantización, porque también los medios se han encargado de presentarlos como características deseables o que te vuelven alguien interesante o misterioso, cuando la realidad es muy distinta. Lo más difícil de vivir con esto es el hecho de no saber hasta qué punto tus emociones y acciones son genuinas y cuándo son manifestaciones de tu enfermedad, pero he ido trabajando en esto. Retomé mi terapia, esta vez con una psicóloga particular, que me ha brindado el acompañamiento que necesitaba. Hasta ahorita, estoy muy consciente de que quizá sea algo con lo que tendré que lidiar toda la vida, pero ahora tengo más herramientas para controlarlo.

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