Diario de una cuarentena -SEmana uno-

Escribe: Deni Figueroa

-Día uno-

A primera vista las cosas no han cambiado tanto, la gente aún viaja en transporte público. La cuarentena sólo es privilegio de unos cuantos en este momento. Al bajar del ruta de inmediato me pongo gel antibacterial, antes no me preocupaba por las superficies que tocaban mis manos, tampoco se cruzaba por mi mente la posibilidad de que en un día cualquiera alguien podría contagiarme. Sé que no soy la única. Llegó al centro, prometí acompañar a una amiga durante la noche, aunque aún hay una voz en mi cabeza diciéndome que salir es irresponsable de mi parte, las noticias nos han abrumado y necesitamos distraernos. En las calles más cercanas al zócalo se percibe el terror de la gente, todo luce desierto, algunos locales incluso han cerrado o pegado avisos para advertir que únicamente tendrán servicio a domicilio.

Llego al punto de reunión, justo enfrente de la iglesia de la compañía, mi amiga llega poco después y, a pesar de la contingencia, nos abrazamos, luce desorientada ante todo este nuevo panorama. Caminamos un poco, rogando por encontrar algún local de comida abierto. El café de siempre aún mantiene su servicio normal, aunque los clientes son pocos, atravesamos por El Parián, en esta época suele haber extranjeros por sus pasillos, hoy brillan por su ausencia. Nosotras buscamos otros temas de conversación, aunque es inevitable pensar en todas las actividades que hemos suspendido, continuamos caminando hasta llegar a su casa. Me instalo, nos acomodamos en el sofá y ponemos películas, quizá algo de romance nos ayude a no pensar más en esto. Llueve. Oscurece. Aún estamos digiriendo lo que pasa cuando vemos las noticias sobre el primer muerto en México y sentimos miedo. Las dos somos foráneas y discutimos la posibilidad de volver a nuestras casas, pero también viajar es aterrador. La posibilidad de llevar el virus a nuestra casa, contagiar a quienes queremos y que son población vulnerable nos disuade. Por ahora tendremos que conformarnos con llamadas, mensajes y los deseos de que estén bien.

Día dos

Desayuné en casa de mi amiga, por un momento todo se sentía de nuevo de vuelta a la normalidad, reíamos y platicábamos de temas completamente alejados de todo lo relacionado con la cuarentena que atravesamos. Pasar la noche en su casa me había levantado el ánimo, no había salido en cuatro días seguidos y, a pesar de que me mensajeaba con ella y otras amigas, nada sustituye la interacción humana. Alrededor de medio día decidimos salir al centro, ella tenía que ir a su trabajo y yo debía volver a casa. Nos encaminamos al zócalo y nos desconcertó ver que estaba casi vacío, la exposición de la Capilla Sixtina, ahora desmantelada, aún permanecía a las afueras de la catedral y nos dio la impresión de que permanecerá ahí por un buen rato. Mientras caminábamos permanecíamos en silencio, viendo los locales casi vacíos, cuando llegamos a su trabajo nos despedimos con un abrazo rápido y esperando vernos pronto.

Decidí volver caminando a casa para poder observar más del centro, casi paralizado por la falta de clientes y transeúntes. Ahora esta debía ser nuestra normalidad, sin embargo, es difícil acostumbrarnos. Estos días en casa me resultaban tediosos y la falta de actividad física me hacía sentir adolorida todo el tiempo. Pensé en llegar a casa, en que después de entrar no tenía certeza de cuando saldría de nuevo, así que decidí hacer una parada en el café de unos amigos. Al llegar me recibieron con un vaso de agua, platicamos de la falta de clientela de estos últimos días y cómo esta semana los puso en jaque: quizá tendrían que optar por realizar pedidos sólo para llevar o unirse a alguna plataforma que realice entregas a domicilio, aún no estaban seguros.

Al llegar a mi casa sólo quería recostarme, alejarme un poco de redes sociales porque últimamente lo único que aparece en mi inicio son noticias o memes relacionados con el coronavirus. El exceso de información también abruma. O, para ser más exacta, lo que abruma es tener que verificar la veracidad de la información para no esparcir noticias falsas ni caer en la paranoia.

Día tres

Hoy salí de nuevo, aún me impacta ver el transporte púbico tan vacío. Las rutas que normalmente van a reventar a eso de las dos de la tarde hoy con trabajo llevaban a suficientes pasajeros para llenar la mitad de los asientos. Es cierto, me decía, al cancelar las clases reduces considerablemente la cantidad de gente que debe trasladarse diario. Tocar cualquier superficie me resultaba incómodo, la idea de poder contaminarme hacía que evitara agarrarme del asiento, incluso cuando frenaba bruscamente el conductor. Al bajar de la combi no pude evitar aplicarme una generosa porción de antibacterial y frotarlo hasta las muñecas.

Angelópolis es como una ciudad desierta en estos momentos, el traslado que normalmente me toma media hora se redujo a la mitad debido al poco tráfico en la ciudad. Me adentré en Solesta, con sus locales abiertos, pero sin gente, a excepción del supermercado. Veo a la gente comprando mientras usan guantes de látex, quizá ellos sientan más temor que yo en estos momentos, considerando que los primeros casos detectados fueron en un residencial. Llego hasta la sección de farmacia, me atendieron rápido, y al momento de preguntar por geles antibacteriales y productos desinfectantes me dicen que están agotados, no saben cuándo se reabastecerán. Salgo y deambulo un rato, ver esa zona vacía aún me provoca una sensación de extrañeza.

Tomo una ruta que me deje cerca del centro, de ahí puedo volver a pie sin problemas. De nuevo me siento incómoda recibiendo el cambio y teniendo que sostenerme de los asientos. Inconscientemente también evito usar mi celular, siento mis manos sucias, me convenzo de que estoy exagerando. Aun así, lo primero que hago al llegar es lavarme las manos y pasar un paño con alcohol sobre todo lo que sostuve mientras salí: llaves, cartera, celular. Son buenos hábitos, me digo, debería ser algo más normalizado, pero yo sé que lo que me impulsa a hacer todo esto, en este momento, es el miedo.

Día cuatro

Hoy tuve que hacerme a la idea de ya no salir hasta que nos lo indiquen, no fue sencillo considerando que los días anteriores los pasé haciendo pequeños recorridos por la ciudad, sin embargo, también me habían hecho sentir vulnerable y con miedo de contagiar a alguien a mi alrededor. El día me resultó monótono, aburrido hasta cierto punto, como un fin de semana cualquiera, a excepción de que esta vez salir no era una opción.

Entre las actividades que me propuse realizar destacaba el aseo de mis espacios, acabé cansada, por lo que decidí aprovechar el resto de la tarde para leer todo lo que había pospuesto con la excusa de tener otras cosas por hacer. Pese a esta determinación me distraía fácilmente, estaba dispersa. El tiempo que pasaba en redes también me saturaba de información.

Bajé al comedor, platicar con otras personas ayuda y estaba uno de mis roomies, pusimos música y hablamos de lo mucho que nos preocupaba toda esta situación, de la histeria colectiva que aumenta con el pasar de los días y la incertidumbre que hay respecto al futuro. Nos acompañamos, hasta que cada quién tuvo que volver a sus actividades, marcadas aún en este encierro voluntario. Hasta ahora el único cambio respecto a otros días es la alteración de mis horarios de sueño. Es de madrugada y aún tengo energía.

Día cinco

El dormir más de lo habitual afectó mis horarios de sueño, despertar a las once, sentirme cansada por haberme desvelado y tomar una siesta a las cinco, irme a dormir hasta las tres de la mañana para repetir el ciclo al día siguiente resulta desgastante. Siempre he tenido problemas de insomnio y lo compensaba mediante el ejercicio suficiente para cansar mi cuerpo y poder dormir, sin embargo, este encierro ha dificultado las cosas. Si bien existen videos y tutoriales en internet siento que mi espacio es limitado, por lo que no puedo realizar todas las rutinas, además, estar tan cerca de la cama y mi laptop hacen que únicamente me enfoque en mi tiempo de ocio: series, películas, algunos videos.

Esa ha sido mi rutina los últimos dos días, hoy la rompo: tengo que salir y hacer algo de despensa, en casa tengo verduras y carne, aun así, no están demás los alimentos enlatados o instantáneos. Paso al Bodega Aurrerá ubicada en Plaza Dorada y noto que, para ser domingo, hay menos gente de lo normal. Algunas personas llevan cubrebocas y a través de los altavoces se nos sugiere mantenernos a un metro de distancia. Mis compras las hago rápido y paso a cajas, ya no hay adultos mayores embolsando los productos, al principio es difícil percatarse, ¿realmente los vemos en un día normal o sólo los estamos notando por su ausencia?

Vuelvo a casa un poco más tranquila, salir ayuda, pero sé que puedo prescindir de estas salidas, estar en casa puede evitar que me vuelva portadora del virus y así frenar un poco su propagación. Entre menos personas estemos en la calle será mejor en estos días.

Día seis

Mis horarios irregulares de sueño continúan, sin embargo, he encontrado la manera de ser un poco más funcional en esta nueva normalidad. Hoy decidí empezar a desinfectar mi cuarto, el entrar y salir constantemente me preocupaba, pero hoy oficialmente empiezo mi cuarentena. Esta vez, la limpieza es más minuciosa que de costumbre, me aseguro de mover todos los muebles y de desinfectar los objetos con los que tuve contacto recientemente. Es extraño cómo este acto tan simple me deja tranquila. Últimamente mis pensamientos giraban en torno al número de cosas que había tocado, los lugares a los que había ido y cómo esto podía hacerme portadora del virus.

Hoy evité cualquier cosa acerca del coronavirus y su expansión, la ansiedad que me provocaba esta sobreinformación era demasiada como para controlarla sin ayuda profesional, por eso he decidido alejarme de las noticias, silenciar palabras en Twitter y buscar otras formas de pasar el tiempo alejada de redes sociales. Retomé una novela que había dejado a la mitad y, después de mucho aplazarlo, volví a dibujar. Aún he tenido pensamientos catastróficos, pero se han reducido considerablemente al limitar mi interacción con los medios de comunicación.

Día siete

Ha pasado una semana desde que inicié la cuarentena. Hoy he caído en cuenta de que si no llevara este registro me resultaría más difícil calcular los días que han pasado, algunos han sido demasiado monótonos, me siento cansada. Aún no he regulado mis horarios de sueño y comienzan a causar estragos en mi rutina.

El hecho de haber entrado en la segunda fase de la cuarentena no me anima. Parece apresurado, sin embargo, pienso que también es una medida pertinente. No ha habido tantos contagios ni muertes como pronosticaban los más fatalistas, aun así, es desesperante pensar en cómo será volver a la normalidad, si es que algo así aún es posible. Por lo que he visto en mis redes sociales no soy la única que se siente abrumada, aburrida y sin ánimos. Sin embargo, no todo es negativo, entre tanto ocio, algunos hemos retomado contacto con viejas amistades, de una u otra forma parece que hemos vuelto a la secundaria: respondemos chismógrafos y pasamos horas hablando por teléfono.

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